miércoles, 19 de agosto de 2015

Mucho más que salvar la portería: el papel de l@s porter@s desde un punto de vista psicológico.

Son muchos los partidos en los que, tanto árbitros como porteros, suelen ser los peor parados al final de los mismos. Más aún cuando tu propio equipo ha sido derrotado. Y es que pocas veces o ninguna, nos ponemos en sus zapatos.

Hace apenas unos meses, tuve en mis manos “El Método V” de Víctor Valdés. Un libro escrito por uno de los porteros más conocidos de la historia del fútbol mundial dónde cuenta como aprendió a gestionar los altos niveles de presión derivados de su rol como portero, como perseguía suprimir sus miedos bajo los palos de la portería (que no eran pocos) y como se esforzaba por alcanzar sus objetivos, día tras día sin excepciones. En definitiva, “El Método V” no es más que el reflejo escrito del camino que Víctor Valdés recorrió desde sus primeros años en competición, y dónde nos enseña cómo se propuso y aprendió a entrenar su mente, para llegar hasta dónde ha llegado. Un camino que ni de lejos, ha sido un sendero de rosas. Sin embargo, aunque el objetivo primordial que perseguía Valdés era dar a conocer su método a la hora de enfrentarse a su profesión, su aportación puede ir, y de hecho va, mucho más allá.

“El Método V” para mí, ha sido una forma espectacular de conocer más a fondo el mundo paralelo de porteros y porteras. Un libro de la mano de alguien que ha vivido en primera personas las consecuencias, buenas y malas, del ser portero:la presión, la frustración, la crítica, la impotencia, los nervios. Un sinfín de sentimientos y emociones que en un abrir y cerrar de ojos, pueden pasar de ser nuestros mayores aliados a convertirse en nuestros peores enemigos. Más aún, cuando hablamos de equipos, especialmente de fútbol, que mueven millones y masas. Creo que no existen mejore palabras que las de él, para definir esta realidad: “Eso es ser portero: vivir al límite de una toma de decisión rápida pero que a la vez debe ser firma para intentar no equivocarte. Y aún así, te equivocas, y mucho, porque en la mayoría de partidos, como en la vida, tienes que tomar muchas decisiones” (p.18).



A media que iba recorriendo sus páginas, aprendí a empatizar con su figura, a sentir como sentía y a pensar como pensaba en cada uno de los diferentes momentos que iba atravesando. Con sus palabras, resultó incluso sencillo (que no digo que lo sea) experimentar por momentos lo qué significa estar bajo los palos de una porteria, y todo lo que ello conlleva. Creedme si os digo que desde entonces, asisto a los partidos y miro a porteros/as desde otro punto de vista. Y no es que antes no los valorara, ni mucho menos, simplemente me hice aún más consciente de las dificultades de su rol y de la importancia de su papel dentro del equipo: no solo en lo deportivo sino también, en el plano psicológico. L@s porter@s, esos deportistas que se enfrentan en cada competición a universo de emociones mezcladas y  en ocasiones contradictorias, de las que resulta muy difícil desprenderse y de las que pocas personas, son realmente conocedoras. No al menos si se mira desde fuera. Y es que el papel de l@s porter@s, va mucho más allá de salvar la portería en cada partido.

Porteros y porteras, son un elemento esencial de la comunicación horizontal dentro de un equipo, ya sea durante los entrenamientos o durante las situaciones de competición. Por su posición dentro del terreno de juego, tienen una perspectiva privilegiada respecto al resto de sus compañeros, puesto que su ubicación dentro del terreno de juego les permite observar la posición de todos los jugadores, tanto de su equipo como del contrario. En este sentido, es muy importante que l@s porter@s estén en constante interacción con el resto de componentes del equipo ¿Por qué?:

Fuente: google.
  • Esta ubicación privilegiada dentro del campo, le permite informar de manera constante al resto de sus compañeros, sobre la colocación de los jugadores del equipo rival e indicarles su posición de manera inmediata antes o durante cualquier jugada, para reaccionar al respecto.

  • Imponer respeto al rival. Un/a portero/a que habla constantemente y que dirige la situación de defensa advirtiendo además de la colocación de los jugadores asiduamente, es una forma de desconcertar al contrario y dar sensación de respeto “Este sabe lo que hace”.

  • Hablar durante la situación de competición como forma de aumentar la concentración  de combatir los nervios: en muchos partidos, l@s porter@s pueden pasar largos periodos de tiempo sin tener que intervenir. Esta espera, si se realiza de manera pasiva, podría tener como consecuencia inmediata, la pérdida progresiva de la concentración. No obstante, el estar en constante interacción con los miembros de su equipo, ya sea dando directrices o dando apoyo y ánimos, les permitirá estar metido en el partido en todo momento y además, les ayudará a descargar tensiones y a estar más preparado para intervenir cuando la situación lo requiera. Si estás activado, tu capacidad de reacción será mucho más rápida y eficaz.

  • El/la portero/a que además, se preocupa por dirigir a sus defensas ayudándoles a ocupar la mejor posición posible dentro del terreno de juego, transmiten sensación de confianza a sus compañeros por lo que estos podrán continuar el juego con menos presión. El apoyo recíproco portero-jugador es un aspecto esencial tanto para la comunicación pero sobre todo, para es un factor muy importante a la hora de potenciar las relaciones dentro del grupo a la vez que se consigue una minimización de las consecuencias derivadas de los errores que se puedan cometer. Jugar o competir sin el temor a los reproches consecuentes de cualquier error, es mucho más eficaz a la hora de rendir, que jugar 90 minutos pendiente de lo que nos puedan decir por cometer un fallo ya que con esto, lo único que se consigue paradójicamente es fallar puesto que nuestra atención no está en el juego, sino en nuestros pensamientos y temores.

Fuente: Fuente: http://edeportes.es
Recuerda: l@s porter@s son una figura que no solo debe parar goles. Su presión y responsabilidad es mucho mayor que la del resto del equipo y además sus actuaciones, suelen mirarse con lupa al tratarse de una figura individual con una delimitación específica dentro del campo, por lo que centro de diana de numerosas críticas. Además como hemos podido ver a lo largo del artículo, cumplen una función esencial en los procesos de comunicación e interacción dentro del grupo. Es por ello, que a modo de recomendación, invito a entrenadores y entrenadoras a dar a conocer a vuestro equipo, sobre todo aprovechando la pretemporada, todos los aspectos del rol de un/a guardameta y las consecuencias derivadas del mismo. De esta forma tendrán la información necesaria para ponerse en su lugar y lograrán empatizar con ellos. Pero sobre todo, inivto a que transmitáis a vuestro equipo, incluyendo a los/as que van a  desempeñar a esta indispensable figura, la importancia y los motivos de mantener una constante interacción dentro del terreno de juego.  El saberse valorados/as, aumentará su confianza y seguridad por lo que será más probable, que su rendimiento sea mucho mejor.

miércoles, 12 de agosto de 2015

¿MANÍA BUENA O MALA? LA DELGADA LÍNEA ENTRE MANÍAS Y OBSESIÓN


Colocar los zapatos en el zapatero en la misma dirección, ordenar la mesa de trabajo cuadriculando cada centímetro de la misma, colgar cada prenda del tendedero con pinzas de un mismo color, santiguarse tres veces y tocar madera antes de empezar un examen, exposición o conferencia. Todos tenemos manías. Más o menos reconocidas, pero las tenemos. Esto es una realidad innegable.


En el mundo deportivo esto se hace aún más evidente: desde entrar al terreno de juego con el pie derecho, frotar las manos por la espalda de la entrenadora antes de salir al tapiz, tocar con la raqueta el pie derecho tres veces (ni una más ni una menos) antes de que dé comienzo el partido de tenis o tocar los tres palos de la portería antes de empezar el partido, lavarse las manos con el mismo gel los momentos previos al comienzo de una competición de golf hasta, por ejemplo las de tipo “Iker Casillas” a quién no le gusta pisar la línea antes de salir al terreno de juego, corta mangas y cuello de las camisetas antes de competir y toca el larguero con la mano izquierda cada vez que el equipo marca, las de tipo “Rafa Nadal” a quién no le gusta pisar las líneas blancas o durante el descanso, usa dos botellas de agua colocadas una justo al lado de la otra y bebe un sorbo de cada, o las de tipo “Serena Williams” que bota la pelota cinco veces antes de su primer saque y tres veces antes del segundo. Podría seguir, y no acabaría. Sin embargo, si te has reconocido en alguno de estos ejemplos o similares, no tienes nada que temer. ¡Que no cunda el pánico!

Estos ejemplos, aunque se les llamen manías, no tienen por qué ser malas. Las llamadas manías buenas, son una serie de costumbres o rituales que al hacerlos, nos proporcionan tranquilidad y seguridad. Son actos que nos ayudan a estar preparados para lo que viene después, conductas que nos ponen en contacto con la situación de competición o entrenamiento para que toda nuestra atención se centre en ello. Sin embargo, el no hacerlos por cualquier circunstancia, no se traduce en una excesiva preocupación o no supone una alteración importante en el día a día de la persona. El problema viene, cuando todo esto si ocurre. Por tanto, ¿dónde está el límite entre la manía y la obsesión?

Las obsesiones, según define el DSM-IV, pensamientos, imágenes o impulsos recurrentes y persistentes que generan elevados niveles de ansiedad o malestar en la personas. Este malestar generado se intenta neutralizar o ignorar a través de otro tipo de pensamientos o bien a través de determinados tipos de acciones como son las compulsiones. Las compulsiones, por su parte, son comportamientos repetitivos (como lavarse las manos continuamente a lo largo del día, comprobar una y otra vez que hemos cerrado la puerta de casa o del coche, ordenar las cosas de la oficina..) o acciones mentales como rezar, repetir una misma palabra o contar. Este tipo de compulsiones, suponen una necesidad inmediata que las personas sienten que tienen que hacer en respuesta a las obsesiones, casi una obligación. Por ejemplo, quienes temen al contagio de una enfermedad y se lavan las manos tantas veces al día, que llegan a sufrir  importantes prorblemas de piel.Todo ello, conlleva un malestar constante y significativo en la vida de la persona ya que suponen una importante interferencia en sus diferentes áreas (social, laboral, familiar) ya que consumen parte de su tiempo para llevarlos a cabo. Inevitablemente, esto conduce a un progresivo deterioro del rendimiento, ya sea en el área laboral como deportiva, por ejemplo.

Las obsesiones y las compulsiones, son los factores principales que apuntan a la posibilidad de padecer un trastorno obsesivo compulsivo. La irracionalidad de ambos factores, es algo que no siempre es admitido por la persona. A ello se le suma la dificultad de reconocer este trastorno cuando las compulsiones no son actos manifiestos sino que, por el contrario, se realizan de manera encubierta, como es el caso de las acciones cognitivas antes mencionadas: contar, rezar, repetir palabras o frases en la mente.


En la actualidad, existen muchas técnicas para sustituir estas obsesiones y compulsiones por pensamientos y conductas mucho más adaptativas, como los procedimientos de exposición, dirigidos principalmente a reducir la ansiedad, temores y malestar asociados a las obsesiones  y las técnicas de supresión o bloqueo más dirigidas a disminuir la frecuencia tanto de obsesiones como compulsiones, u otras técnicas mucho más sencillas ("de andar por casa") que pueden ayudarte de manera progresiva a convertir las malas manías en manías buenas; aunque para ello, siempre será importante consultar con un profesional.


Por tanto, se pueden  tener en cuenta determinados aspectos para reconocer cuando una manía es buena o mala. ¿Qué pasa si no las llevo a cabo? ¿Consume gran parte de mi tiempo? ¿Me siento excesivamente mal antes de llevarlas a cabo y el realizarlas me genera alivio? Hay cosas que el ser humano nunca podrá controlar: los resultados de un partido de fútbol, las decisiones de un árbitro a la hora de pitar una falta o que falle el ordenador que ibas a usar antes de dar una conferencia. Puedes realizar cuantas manías tengas, sin embargo has de plantearte si invertir tú tiempo y parte de tus emociones en realizar actos que no evitarán lo inevitable, te merece realmente la pena. Porque si queremos que algo suceda, tenemos que implicarnos, coger el toro por los cuernos e ir a por ello, dejando el menor lugar posible a aquellos factores externos que no podremos controlar y que pueden llegar a mermar nuestra atención en momentos tan importantes como una competición. 


martes, 4 de agosto de 2015

Queridos entrenadores/as: trabajar bajo presión no es sinónimo de responsabilidad.

Fuente:ligafutbol.net/
Hoy día, sobre todo teniendo en cuenta todo el arsenal de factores que giran en torno al mundo deportivo (económicos, estatus…), es muy común encontrarse con entrenadores/as que son valorados únicamente en función de sus resultados. La consecuencia más inmediata de este hecho, es que ellos/as mismos/as se ven poco a poco contagiados por el fenómeno “resultados” y terminan llevando a cabo su propia autovaloración en función de este mismo parámetro. Y no es para menos.

Desde el minuto uno de cada competición, sobre todo en los deportes de equipo, los/as entrenadores/as están en el punto de mira de muchas personas: directivos, periodistas, padres y madres, y gradas repletas de gente ansiosa por celebrar la victoria de su equipo favorito. Estos mismos colectivos, cuando las cosas van bien, son capaces de llevarte a lo más alto, ya seas deportista o entrenador/a, con la misma velocidad con la que son capaces de bajarte y anclar tus pies en la tierra a base de críticas e insultos, e incluso en los casos más extremos, se ven amenazados/as con la destitución de su cargo si los resultados no empiezan a mejorar. El problema, querido/a entrenador/a, es que por desgracia pocos valoran tu dedicación diaria a la preparación de las sesiones, tus horas sin dormir, tu nudo en el estómago la noche antes del partido. Nadie puede apreciar desde una grada, las horas que podrías pasar con tu familia y sin embargo, dedicas a sacar lo mejor de tus deportistas para que den todo de sí mismos/as en la competición. La derrota es una parte inevitable del juego, no obstante nadie acepta que no puedas ganar siempre. Y aunque las cosas vayan bien, todo esto rumia en tu cabeza y te impide disfrutar del trabajo que verdaderamente estás haciendo. Inviertes tiempo, esfuerzo y dedicación con la creencia errónea de que, cuanto más horas emplees, más probabilidad tienes de que si pierdes, todos/as piensen en todo lo que das de ti mismo/a antes y durante cada partido y lo valoren en términos positivos. Pero te equivocas.

Fuente: google

Todo esto se convierte en una rutina que empieza a generar presión. La presión es una fuerza psicológica un tanto incómoda, que tú mismo/a empiezas a generarte. La obsesión por los resultados, la evitación de las consecuencias negativas o tu prestigio y aprobación, son algunos de los factores que empiezan a merodear por tu mente hasta el punto de instalarse en ella. Ideas y creencias que se convierten en el único motor de trabajo y que te llevan casi, a funcionar por inercia. Irritabilidad, falta de sueño, falta de apetito, ser un/a monotema, hablar de las horas y horas que dedicas a ello. Síntomas de presión.

La presión es una respuesta natural ante una situación de amenaza. Es un mecanismo del cerebro que alerta al organismo de que estamos ante una situación de supervivencia para que desencadene una respuesta de ansiedad que nos permita huir o luchar ante la misma. El problema viene cuando la amenaza no es real sino que es fruto de nuestra propia percepción. Aún así, el cerebro detecta esa señal y efectivamente, desencadena la respuesta pertinente. Perder un partido no es una situación de vida o muerte, a pesar de lo mucho que te puedes llegar a jugar en él, pero eso tu cerebro no lo sabe.

Fuente: google.
Esa preocupación constante no solo puede llegar a afectar a tu trabajo como entrenador/a, sino que además salpicará a otros ámbitos de tu vida. La presión te impedirá rendir bien en la preparación de tus sesiones, vivirás momentos de frustración e impotencia por ello, dejarás de disfrutar de tu trabajo y corres el riesgo de contagiar a tus deportistas. Dedicarás aún más horas, por lo que restarás tiempo para estar con tu familia o amigos. Además, en tu trabajo, tu rendimiento puede verse reducido si gran parte de la jornada laboral te la pasas pensando en cómo vas a elaborar el entrenamiento de esta tarde. Y todo ello, se empeora aún más cuando la cronificación de este estado, se convierte en un modo de vida que pone en juego tanto tu salud física como emocional.Queridos/as entrenadores/as trabajar bajo presión, no es sinónimo de responsabilidad.

Por todo ello, es importante aprender a buscar un equilibrio emocional. Ser regular en nuestros estados emocionales nos ayuda a funcionar mucho mejor. No por dedicarle 24 horas a preparar el partido del fin de semana, sois mejores entrenadores/as. Eso solo alivia y justifica vuestra propia percepción. El exceso de responsabilidad no hará que salgáis libres de crítica en las competiciones perdidas. Solo los/as que conviven día a día con vosotros/as podrán valorar y apreciar todo tu esfuerzo, empeño y compromiso. Y ellos/as también necesitan de tu tiempo al igual que tú necesitas de ellos. Equilibrio. Inevitablemente, hay factores que no podemos controlar. Empieza por aceptarlo. Desgraciadamente, en un mundo que se mueve por el éxito y el dinero, pocas veces se tiene en cuenta el afán de muchos/as entrenadores por formar a sus deportistas en valores, por formar personas con deportividad. Enseñarlos a afrontar una derrota o una victoria, tolerar la frustración, el respeto hacia el rival, el compañerismo. Valores, que pasan a un segundo plano cuando la pelota no entra.

A lo largo de mi corta carrera en el mundo de la psicología deportiva, he tenido la suerte de conocer a entrenadores y entrenadoras que valían su peso en oro. Entrenadores/as que valoraban el trabajo en equipo, las ganas y la lucha durante la competición por encima de cualquier resultado. Contagiaban su garra y su disfrute por lo que hacían; transmitían confianza y seguridad a quienes se les ponía por delante. No obstante, esto nunca fue suficiente. Como dije al principio, en pocas ocasiones los parámetros que rigen la calidad de un entrenador/a van más allá de los resultados obtenidos. Querido entrenador/a: te vuelvo a repetir que hay factores que no se pueden controlar, y esto último, es uno de ellos. Así que organiza tú tiempo, tu cabeza y tu vida en general. Las personas necesitamos un tiempo para cada cosa, necesitamos equilibrio. No dejes que la presión se haga cargo de la situación. Ya que depende de ti, no dejes que maneje tu vida.




jueves, 5 de marzo de 2015

LA NO EFECTIVIDAD DE CASTIGAR SIN ENTRENAR.


Fuente imagen: google.
A lo largo de mis años como deportista, no son pocas las ocasiones en las que mis compañeras de equipo de gimnasia rítmica han tenido que dejar de ir a entrenar como castigo por sus bajas notas durante el trimestre. Frecuentemente, escucho a padres y madres que amenazan a sus hij@s con quitarlos de su deporte favorito como no aprueben los siguientes exámenes y que incluso llegan a hacerlo si la cosa no va a mejor. Sin duda, la educación y por ende el rendimiento escolar son aspectos fundamentales e inegociables  que han de estar por encima de cualquier otra actividad pero ¿es esto eficaz? En un amplio porcentaje de casos, padres y madres terminan diciendo lo típico de “Es que le da igual que le deje sin entrenar…” por tanto, cabe plantearse la cuestión de si realmente lo estamos haciendo bien procediendo de esta manera.

Bajo mi punto de vista son dos las causas principales que podrían llevar a tomar esta decisión a unos padres desesperados porque el rendimiento escolar de sus hij@s  no está siendo el más adecuado en estos últimos meses:
  •  Piensan que sin ir a entrenar sus hij@s tendrán más tiempo para estudiar y para las tareas del colegio.
  • Piensan que quitarles de hacer aquello que más les gusta (en este caso de la práctica deportiva), hará que se esfuercen al máximo para volver a obtenerlo.

Pero como habrán comprobado esto rara vez se convierte en el camino más eficaz. La mayor parte de los padres y madres que utilizan el castigo creen en su efectividad porque entre otras cosas, otorga sensación de control, sin embargo puede tener efectos totalmente contrarios a los que pretendemos conseguir como por ejemplo hace reprimir la hostilidad lo que a su vez suele traducirse en comportamientos de rebeldía e incluso pasotismo por parte de nuestr@s hij@s.

En primer lugar debemos mirar no solo a la parte más ociosa, divertida  o extraescolar de la práctica deportiva, sino que también debemos centrar nuestra atención en aquellos beneficios físicos, psicológicos y sociales que el deporte aporta al periodo de desarrollo. Existen numerosas investigaciones que apuntan por ejemplo, a un mejor desarrollo de la musculatura  o el esqueleto óseo a nivel físico y un mayor nivel de actividad y por tanto, también de desarrollo a nivel neuronal haciendo que el cerebro desarrolle un mayor número de redes neuronales que permitan potenciar las procesos cognitivos tales como la concentración, la atención o la memoria (entre otras), capacidades que por otro lado, son fundamentales a la hora de estudiar.
Además, los entrenamientos suponen un contexto rico en interacciones y relaciones sociales por lo que permite a nuestr@s hij@s ir enfrentándose poco a poco desde pequeños a diferentes situaciones con las que se irán familiarizando y otras tantas, que tendrán que solventar por si solos. En ambos casos, puede decirse que contribuirán de manera notoria a mejorar su adaptación e integración al mundo social, y por ende a su proceso de socialización.Llegados a este punto cabría pensar que, cada vez que los privamos de realizar el deporte que más les gusta, le estamos privando de una gran cantidad de beneficios esenciales para su correcto desarrollo. ¡Y no hablemos si se trata de un deporte que se practica en equipo y por nuestra decisión de castigar, perjudicamos al resto!



En segundo lugar debemos plantearnos dos cosas. La primera, es conocer el posible motivo o motivos por los que nuestr@s hijos no consiguen alcanzar el rendimiento escolar adecuado o aquellos que han hecho que dicho rendimiento disminuya en los últimos meses.  En este sentido  cobra un papel destacado la comunicación y el diálogo familiar. Y no solo eso, sino hacerlo en un ambiente relajado dejando fuera todo tiempo de tensiones, gritos o frases amenazantes que los intimiden o humillen. Piensa que a nadie le gusta que nos hablen a voces, pues a ell@s tampoco. Así pues, una vez analizada la situación de forma dialogada y tranquila viene el segundo paso: instaurar ciertos hábitos de estudio que permitan obtener un adecuado rendimiento de el/la niñ@  sin que por ello debamos desbancar la práctica deportiva.
Fuente imagen: google

A continuación os dejo algunos puntos importantes a tener en cuenta, espero que os sirvan de ayuda:
  1. Crear un ambiente adecuado de estudio: una habitación o en su defecto un lugar dónde el niño o la niña disponga de una mesa y una silla que le permita estar en una postura adecuada. Además, no debe haber televisores, ordenadores o personas conversando entre ellas que puedan fácilmente (aunque sea de manera involuntaria) interferir en su concentración.
  2. Establecer horarios.  A veces basta con que establezcamos ciertas horas de estudio al día (siempre teniendo en cuenta el curso, edad y capacidades de nuestr@ hij@). Las personas funcionamos mejor cuando somos organizadas es por ello que existen las agendas, calendarios y horarios. Nos ayudan a estar anticipados y preparados en las diferentes actividades a las que tenemos que hacer frente por lo que además nos permite una mayor y más efectiva distribución de nuestro tiempo. En l@s niñ@s ocurre igual. Si desde edades tempranas les enseñamos a planificarse, pronto entenderán que cada cosa tiene su tiempo y que, con una buena organización, pueden hacer de todo. Por ejemplo, podemos empezar instaurando dos horas de estudio al día independientemente de si se tiene examen o deberes. Para ello podemos servirnos de un simple despertador programado para que suene a las dos horas, de esta forma evitaremos que el niño o la niña esté mirando el reloj continuamente. Al principio les costará pero poco a poco se irán adaptando. En ese tiempo pueden hacer las actividades o trabajos de ese día (importante revisar su agenda de manera diaria) o bien si no tienen, seremos nosotros mismos quiénes les planteen la tarea a realizar  (por ejemplo, empezar a estudiar el examen de la semana que viene). Y no olviden, que el hecho de ir a entrenar también contribuye a mejorar su capacidad de organización y planificación ya que supone el compromiso de cumplir con ciertos horarios y con la puntualidad.
  3. Establecer pequeños objetivos diarios: Por supuesto, de nada nos servirá establecer varias horas de estudio al día si luego nuestr@ hij@ pasa la mayor parte de las mismas whatsappeando (o en cualquier otra red social) o jugando con el móvil.  Lo ideal sería retirar cualquier estímulo que pueda distraer su atención en concreto, el móvil se ha convertido en uno de los más potencialmente distractores situándose entre las principales causas de fracaso escolar en nuestro país. Una forma sencilla y a la vez objetiva de conocer si han sabido aprovechar el tiempo de estudio es establecer pequeños objetivos diarios: pueden ser o bien los deberes que tengan para ese día o bien los resúmenes de las páginas o temas que les entraran en el examen de la siguiente semana. A la hora de establecer los objetivos y, al igual que ocurre con los horarios, tendremos que tener presentes ciertas variables como la edad, el curso, las tareas a realizar o si ese día tienen entrenamiento o alguna otra actividad extraescolar. Se trata de establecer ciertos límites pero siempre desde un marco flexible y adaptado.
  4.  El arte de las recompensas. Un aspecto clave que muchos olvidamos bajo la premisa de que “Es su deber” es el de reforzar a nuestr@s hij@s cuando han sacado una buena nota o simplemente cuando han hecho bien una determinada actividad sin embargo, si castigamos cuando ocurre todo lo contrario. Reforzar implica otorgar una recompensa a una conducta provocando un aumento en la frecuencia de emisión de dicha conducta. ¡Ojo! Recompensar no significa tener que comprar algo cada vez que hagan algo bien. Además de los reforzadores materiales (los que se compran) encontramos otros dos tipos mucho más efectivos y menos costosos: los sociales y los de actividad. Los primeros son aquellos que a todos nos gusta recibir cuando hacemos bien nuestro trabajo o cualquier otra actividad como los halagos , las felicitaciones, gestos de aprobación, sonrisas o “palmadas en el hombro”. Algo tan sencillo como felicitarle por terminar sus deberes antes de tiempo o hacerles saber lo orgullosos que estamos de ell@s por el esfuerzo que están realizando aumentarán la probabilidad de que al día siguiente se sienten  en la mesa de estudio con muchas más ganas buscando otra dosis de aprobación por  nuestra parte. Este tipo de reforzadores han de suministrarse diariamente, siempre de manera inmediata y conectada a la actividad o hecho por el cual están siendo reforzados. Los reforzadores de actividad son aquellos que permiten al niño o la niña realizar una determinada actividad que les produce placer: salir a jugar a la calle, ir al cine, ver la tele o jugar al ordenador son algunos ejemplos (no cuenta la hora de entrenamiento, recordad que estamos intentando que pueda dedicar tiempo a ambas cosas a la vez sin que ninguna se vea interferida). En este caso a nuestr@s hij@s debe quedarles claro que para acceder a este tipo de reforzador deben haber logrado los objetivos planteados para ese día. En ningún caso debemos ceder y permitirles realizar la actividad antes de haber realizado  la tarea o si en el tiempo establecido no la ha finalizado. Basta con que lo hagáis una sola vez, para que tiréis por tierra todo lo que habíais  ido logrando. Con respecto a los reforzadores materiales (comprar algún juguete, darle un dulce, regalarle un juego nuevo), hay que tener cierto cuidado con ellos. Estos resultan muy atractivos y por tanto muy  motivadores por lo que suelen tener una mayor eficacia en el periodo inicial de instauración de la conducta sin embargo, es recomendable ir proporcionándolos de manera intermitente (Podemos empezar con un periodo de refuerzo  fijo como recompensar  cada 5 días que estudia durante las dos horas establecidas, y pasar luego a uno intermitente reforzando materialmente cada promedio de tres días en los  que realiza la tarea antes del tiempo establecido). Progresivamente debemos ir aumentando el tiempo promedio de reforzamiento de tal manera que el niño o la niña irán aprendiendo que para lograr aquello que quieren, antes deben esforzarse y ser perseverantes. Un ejemplo de ello es regalarle algo que ellos deseen (y que previamente deberán haber negociado con vosotros) a final de cada trimestre o a final de curso  siempre y cuando hayan superado los objetivos establecidos más a largo plazo que en la mayoría de los casos, será el aprobar todas las asignaturas al final de cada trimestre o  al terminar el curso.

alido la inscripción de este blog al servicio Paperblog bajo el seudónimo crisortgar

viernes, 7 de noviembre de 2014

Estrategias de control de la ansiedad: la importancia de su integración en la planificación deportiva.

Fuente: Google
En la actualidad, los problemas derivados de variables como el estrés o la ansiedad son las demandas clínicas que más frecuentemente los deportistas transmiten a los profesionales de la Psicología del Deporte o en su defecto, a entrenadores y entrenadoras. Esto se acentúa aún más si nos centramos en los deportistas de alto rendimiento dónde la presión, el estrés o el agotamiento son consecuencias inherentes a las situaciones de competición en las que se ven sumergidos de manera continua. Todo ello sin olvidar además otros daños colaterales que se producen como consecuencia, como por ejemplo la desmotivación que puede hacer que los deportistas vean mermadas sus ganas de competir y dejen de hacerlo con ilusión.

Ya lo dijo en su momento Johan Cruyff, “no basta con entrenar fuerte, hay que entrenar inteligentemente”.  Es aquí donde radica la importancia del entrenamiento psicológico con el objetivo fundamental de maximizar la capacidad de concentración de los/las deportistas y además el incentivo de sus motivaciones para hacer deporte y/o competir. El entrenamiento psicológico es un camino a recorrer de la mano del profesional de la Psicología del Deporte, entrenadores/as y deportistas en un esfuerzo conjunto por conseguir en estos últimos, un rendimiento adecuado mediante el desarrollo de un efectivo control sobre las variables psicológicas que intervienen en los procesos de estrés y ansiedad que entran en escena en las situaciones deportivas, todo ello a través del aprendizaje de recursos y cualidades útiles a la hora de ejecutar un correcto desempeño deportivo.

Desde la Psicología del Deporte y la Actividad Física se han descrito numerosas técnicas destinadas a controlar los niveles de estrés, aumentar o disminuir la activación o arousal y reducir los niveles de ansiedad. A pesar de ello, no son pocos los que califican como normales este tipo de reacciones ignorando la existencia de estas técnicas de entrenamiento mental que además de repercutir en el bienestar del/la deportista mejoran su rendimiento.

El control del estrés y la ansiedad supone un proceso progresivo y al igual que cualquier aprendizaje técnico o táctico, requiere en primer lugar una explicación sobre las estrategias que pueden utilizarse para posteriormente, llevar a cabo la integración de dichas estrategias en los entrenamientos del deporte en cuestión, de tal manera que puedan ponerse en práctica el mayor número de veces posibles y en situaciones lo más parecidas a la realidad. Solo de esta forma, los deportistas lograrán a aprenderán a extrapolar estas estrategias a las situaciones de competición y serán capaces de regular sus niveles de activación adecuándolos a las exigencias del momento y la ejecución.  Esto puede realizarse de muy diversas formas, por ejemplo enseñando ejercicios específicos de respiración. Entrenar la respiración no solo ayudará a controlar la ansiedad derivada de las situaciones competitivas sino que además, desarrolla la capacidad pulmonar otorgando a el/la deportista una mejor resistencia influyendo por tanto en su rendimiento físico. El entrenamiento en respiración resulta una técnica muy sencilla a la vez que útil que puede integrarse muy fácilmente con los ejercicios que se pongan en práctica durante las sesiones de entrenamiento sobre todo, si estamos trabajando con todo un equipo puesto que nos permite enseñarla y practicarla todos a la vez sin que tenga que hacerse una intervención individualizada para su aprendizaje. También contamos con las técnicas de relajación muy eficaces a la hora de evitar o eliminar tensiones musculares, facilitar la recuperación tras el ejercicio e incluso permiten un mejor descanso facilitando el sueño y ayudando a reducir el insomnio, circunstancia de vital importancia en aquellos/as deportistas que presentan dificultades para descansar las noches previas a la competición. Al igual que las técnicas de respiración, presentan la ventaja de que pueden ser enseñadas a todo el grupo a la vez en el caso de los equipos por lo que pueden ser integradas dentro de la sesiones de entrenamiento. Ambas pueden complementarse y aparecer de manera conjunta y una vez aprendidas, el/la deportista podrá ponerlas en marcha en cualquier situación que lo requiera, ya sea deportiva o de cualquier otro ámbito de su vida.
Fuente: tennisicoach.com

También es importante valorar y tener en cuenta los pensamientos de los/las deportistas. Muy frecuentemente los pensamientos negativos sobre la propia persona y su desenvoltura en la ejecución futura, tienden a generar emociones negativas que tienen como consecuencia el aumento de los niveles de activación de la persona lo que se traduce en un inadecuado rendimiento. Las expectativas que tenga el/la deportista en cuestión a la hora de enfrentarse a una situación competitiva juegan un papel fundamental, puesto en función de ellas la visión de la situación puede ser o bien de reto o desafío; o bien puede ser vista como algo amenazante y por lo tanto generadora de ansiedad. Así pues se hace recomendable incluir en el plan de entrenamiento varias sesiones destinadas al control de los pensamientos. En el caso de que algún/a deportista presente una mayor dificultad a la hora de regular estos pensamientos será indispensable realizar con el/la misma sesiones más individualizadas para trabajarlo. Estos pensamientos negativos o distorsionados, a veces suelen ser consecuencia de objetivos establecidos inadecuadamente o que son poco realistas, por lo que para alcanzarlos hay que invertir una gran cantidad de esfuerzo que al no verse logrado incrementan las valoraciones negativas sobre las propias destrezas o habilidades y estimulan fácilmente la elevación los niveles de ansiedad. Por lo tanto desde el principio de la temporada, establecer los objetivos adecuados a través de una correcta y sistemática programación es algo fundamental. Además, si estos objetivos a largo plazo se desmenuzan en sub-objetivos intermedios que se vayan cubriendo a corto plazo, lograremos mantener adecuados niveles de motivación en los/las deportistas y aumentaremos sus niveles de autoconfianza y con ello, reduciremos la probabilidad de experimentar ansiedad. Incluir a los/las deportistas a la hora de realizar la planificación y establecimiento de objetivos les hacen sentirse integrados y parte importante en el equipo, les ayudará a saber a que tendrán que hacer frente y por lo tanto, a anticipar y estar preparados en posibles situaciones futuras dejando de lado la incertidumbre y el desconocimiento y por tanto las reacciones ansiosas que suelen acarrear.

Por último, y no por ello menos importante, se encuentra la técnica de la visualización. Esta técnica también permite a el/la deportista preparar y anticipar situaciones a las que posiblemente en algún momento deba hacer frente. La visualización se basa en imaginar determinadas situaciones deportivas de la manera más fidedigna posible así como todos los aspectos que giran en torno a ellas. El/la deportista al imaginarse a sí mismo/a desempeñando una tarea o ejecución y todo aquello que pueda influir en ella aumentará su percepción de control en el momento de enfrentarse a la situación real, así como su confianza y seguridad evitando preocupaciones derivadas de la improvisación que provocan que la ansiedad se vea disparada. La visualización es una técnica que puede aplicarse tanto en grupo como a nivel individual en función de lo que la situación requiera.

En definitivas cuentas, todas estas técnicas y otras muchas que podemos encontrar, pueden integrarse en la programación de los entrenamientos sin que ello suponga una gran alteración de la misma. Una correcta planificación al inicio de la temporada incluyendo la enseñanza de este tipo de técnicas para el control del estrés y/o la ansiedad harán que los/las deportistas las interioricen de manera progresiva lo que resultará una medida preventiva y eficaz a la hora de hacer frente a las situaciones competitivas que generan este tipo de reacciones, disminuyéndolas e incluso evitando su aparición e influyendo de manera muy positiva en su rendimiento deportivo.

Bibliografía consultada:
COX, R. 2007. Relaciones entre la ansiedad, la activación y el estrés.  En: Psicología del deporte. Conceptos y aplicaciones. Madrid: Editorial Médica Panamericana S.A. , pp. 195-237.
LADRÓN, A.; ROMÁN, P. Y ÁLVAREZ-CIENFUEGOS, L. 2012. Trastornos de ansiedad. En: Psicología Clínica. Manual de preparación PIR. Madrid: Academia CEDE, pp 223-264.
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lunes, 20 de octubre de 2014

El dilema del prisionero: ¿Competir o cooperar?.

El “Dilema del prisionero” es probablemente uno de los tipos de juegos más famosos en lo que a representación de situaciones conflictivas de intereses entre  individuos se refiere, y es estudiado desde la llamada Teoría de los Juegos que estudia las situaciones de interdependencia, situaciones en las que tanto las acciones que realicen los diferentes individuos como los resultados esperables de ellas dependen de las acciones que los otros lleven a cabo (Aguado 2007). Este juego se enmarca dentro de la tipología “Equilibrio de Nach” situación en la que cada jugador individual no gana nada modificando su estrategia mientras que los otros mantengan las suyas.

En él se expone a grandes rasgos el siguiente problema: dos delincuentes son detenidos y encerrados en celdas de aislamiento de forma que es imposible la comunicación entre ellos. Son sospechosos de haber cometido un delito grave y no hay pruebas suficientes para condenarlos. Un agente visita a cada uno de ellos de manera aislada y les ofrece el mismo trato: si uno confiesa y su cómplice no, el segundo será condenado a la pena total de diez años mientras que el primero será liberado. Si uno calla pero el cómplice confiesa, el primero recibirá la pena y el cómplice saldrá libre. En caso de que ambos confiesen los dos serían condenados a 6 años mientras que si ambos lo niegan todo, la pena será de 6 meses. De esta manera, el resultado de cada elección depende de lo que elija su cómplice sin que ninguno de los implicados conozca la decisión del otro. 

 Sin duda, este dilema puede extrapolarse y servir de ejemplo a muchos ámbitos de la vida como la economía o la política dónde la competición y/o la cooperación juegan un papel primordial en su día a día, sobre todo en el  mundo del deporte.

Si tenemos en cuenta todas las alternativas posibles observamos que confesar es una estrategia dominante puesto que, con independencia de lo que decida el otro, confesando uno reduce su condena (si el otro confesara) o la elimina (si el otro no confesara). Sin embargo,  la estrategia ideal sería que ambos no hablaran lo que supondría haber mirado por un bien común y serían condenados a sólo 6 meses de cárcel.  El caso es que las mejores opciones son aquellas en las que ambos toman la misma decisión, ya sea confesar o no, ya que desembocan en una reducción de la pena para ambos y no solo para uno de ellos o lo que es lo mismo, remar en una misma dirección. Y es aquí dónde radica el problema del trabajo en equipo; es aquí donde el dilema del prisionero cobra todo su sentido.

Los conflictos en los equipos son algo muy común y a la vez necesario. Una gestión adecuada del conflicto ayuda a corregir errores, generar nuevas alternativas y resolver situaciones que fomentan el aprendizaje y el crecimiento, tanto a nivel personal como grupal.  Muchos de estos conflictos suelen generarse debido a las tensiones inherentes a las situaciones de competición y sobre todo, en aquellas en las que no todos los componentes de un grupo reman en la misma dirección, y con ello no hago referencia solo a jugadores/as sino que también incluyo a entrenadores/as, cuerpo directivo y todos aquellos/as que en su conjunto, forman el grupo. Aunque no existe una definición exacta del concepto, autores como José de Jesús González (2003) recogen en su obra determinadas características que podrían identificar a un grupo: interacción entre sus miembros, percepciones y conocimientos de los miembros, motivación y necesidad de satisfacción, metas grupales, organización e interdependencia. Por otro lado, cabe resaltar un concepto esencial a la hora de hablar de los grupos y no es otro que el de sinergia el cual hace alusión a la integración de ciertos elementos que darían como resultado algo mayor que su suma, esto es, cuando el todo es mayor que la suma de sus partes, estas se unen sinérgicamente y se crea un resultado que aprovecha y maximiza las cualidades de cada uno de los elementos. Un ejemplo claro de sinergia es el mecanismo de un reloj: sus piezas por sí solas no funcionarían ni tendrían ningún sentido sin embargo, una vez unidas, el mecanismo empieza a funcionar. Lo mismo ocurre con los equipos, ya sean deportivos o de cualquier otro ámbito.

En definitiva y enlazando todo esto con el dilema del prisionero cabe decir que para que se de esa sinergia, ambos prisioneros deben remar en la misma dirección y por tanto dejar a un lado los intereses individuales para mirar por el interés común. Solo así podrán maximizar los resultados para ambos.  Situación que puede aplicarse fácilmente al terreno de juego sobre todo si tenemos en cuenta una de las características mencionadas previamente sobre la definición de grupo: el establecimiento de metas comunes. Es por esto, que solo cuándo todos los componentes de un equipo, y reitero que con ello incluyo a todo el personal que forma parte del mismo, apartan la vista de sus intereses personales y empiezan a dirigirla hacia el interés grupal, el rendimiento del conjunto tendrá ese efecto sinérgico que se traducirá en una maximización de los resultados en muchos sentidos, personales y deportivos: un crecimiento asegurado que incluso puede dejar entrever su importancia en muchos casos de fair play, dónde la individualidad pasa a un segundo plano y la cooperación adopta su papel más protagonista.


Bibliografía consultada:

AGUADO, J.C.  2007. Teoría de la decisión y de los juegos. Madrid: Delta Publicaciones.

GONZALEZ, J.J.  2003. Interacción grupal y psicopatología. México: Plaza y Valdés S.A.

martes, 23 de septiembre de 2014

Ni ganar lo es todo, ni lo único tampoco.

Hoy día, es algo casi innegable el hecho de que las personas que participan en cualquier tipo de deporte de competición o cualquier actividad de ocio que implique competir se sumergen en este tipo de actividades con la vista puesta en la victoria. A lo largo de los años estas actividades han ido dejando de lado su dimensión más lúdica, esto es: la que hacía que las personas participaran en ellas por entretenerse, divertirse y/o establecer relaciones interpersonales mediante los intereses comunes; para abrir paso y de manera agigantada a su dimensión más ambiciosa y competitiva: ganar, ganar y ganar. Esto me recuerda a aquella famosa cita de Lombardi que decía "Ganar no lo es todo, es lo único". 

Fuente: Google.
Es cierto que a los más pequeños, e incluso a los ya no tanto, se les intenta inculcar a base de repetir en numerosas ocasiones la filosofía de “lo importante es participar”.  Sin embargo, en primer lugar cabría poner en duda la credibilidad con la que padres, madres  y entrenadores/as pronuncian estas palabras. Más aún, cuando el/la niño/a acaba de perder  una competición y la utilizan a modo de consuelo.  Lo cierto es, que son muchos los que no conocen el verdadero significado de esta frase puesto que es así como ha llegado hasta nuestros días a lo largo del tiempo. En segundo lugar, tiende a dar la impresión de ser una filosofía de vida cuanto menos, derrotista, con la que no se suele estar de acuerdo ¡y no es para menos!

Fue Baron Pierre Coubertin quién en su discurso de las olimpiadas de Londres en 1908 realizó la siguiente afirmación: “lo más importante no es ganar sino participar, porque lo esencial en la vida no es lograr el éxito sino esforzarse por conseguirlo”. Ahora la cosa cambia. Si realmente lo único importante fuera participar nadie se esforzaría, ni lucharía, ni se dejaría la piel en el terreno de juego. Y es que, hay ocasiones en las que, aunque el esfuerzo invertido durante meses no se recompensa con el primer premio, la mayor victoria para uno mismo puede ser el haberse superado o el haber llegado hasta dónde esté. Esto me recuerda a una famosa cita de Aristóteles “Considero más valiente al que conquista sus deseos que al que conquista a sus enemigos, ya que la victoria más dura es la victoria sobre uno mismo”. Sin duda, para superarnos y esforzarnos tenemos que poner el punto de mira en una meta-objetivo y por lo general, esta suele ser ganar.

El proceso de competir, conlleva de manera implícita asumir dos circunstancias: éxito y fracaso. Las personas somos optimistas por naturaleza, y bajo mi punto de vista, esto suele ser otro de los factores que tienden a impulsarnos a competir, esto es, aunque las probabilidades de victoria o derrota teóricamente sean las mismas, tendemos a maximizar nuestras expectativas de éxito y a minimizar las de fracaso. Lo cierto es que a nadie le gusta perder, ni el deporte ni en cualquier situación de la vida que implique dicha opción. En nuestra sociedad, perder suele ser sinónimo de fracasar y esto es otra de las cosas que a nadie le gusta. Y a veces,  puede traducirse en problemas.

Desde que se inician en el deporte, a los más pequeños se les inculca en  valores que versan sobre él éxito y la victoria. Se les enseña a competir y a luchar con el único fin de que aprendan que ganar, debe ser su única motivación en este mundo. Y sin embargo, se dejan de lado otros aspectos muy importantes que deben potenciarse en esas edades entre ellos, aprender a aceptar las derrotas. La consecuencia directa de no asumir que no siempre se puede ganar, a pesar de invertir todo el esfuerzo del mundo, suele traducirse en sentimientos de frustración, fracaso o inutilidad cuyo malestar tiende a manifestarse a través de reacciones de agresividad o depresión.  A corto plazo, esto puede derivarse en consecuencias tales como conflictos con rivales, compañeros, entrenadores y árbitro o disminución del rendimiento durante la situación de competición. A largo plazo, la medida en cómo se acepte una derrota va a determinar la manera de hacer frente a futuras situaciones de competición por lo que no digerir “el perder” puede condicionar la ejecución del deportista ya que este puede haber generado ciertas expectativas de fracaso en base a las experiencias previas que pueden entrar en juego en el momento de la competición adoptando ideas como “soy un perderdor”, “Todos van a pensar que no valgo para esto”, “lo voy a hacer mal”, que lejos de solventar y mejorar la situación no harán más que empeorarla.

Es por ello que, bajo mi punto de vista, frases como “Ganar no lo es todo, es lo único”  son responsables de aquellas creencias que muchos adoptan y que lideran muchos aspectos de su vida:  la idea de que el ser humano puede controlarlo todo y que por tanto perder, es sinónimo de fracasar. Y fracasar es blanco directo de críticas, ya sean externas o internas. Perder, después de muchos y muchos meses de trabajo y esfuerzo no siempre es consecuencia de nuestras actuaciones. Hay por tanto factores que no podemos controlar y que quedan lejos de nuestro alcance. Lo mismo ocurre cuando ganamos y sin embargo, esto a penas suele captar nuestra atención. Por lo tanto, estoy de acuerdo en transmitir la importancia del ganar en el sentido de aceptar tal concepto como meta dónde fijar nuestros objetivos, sin embargo defiendo que no es lo único que debe importar a la hora de competir pues se ponen en juego otros valores que están al mismo nivel que lograr el éxito y que solo se aprecian cuando este se da: la superación, la constancia y el esfuerzo. A grandes rasgos, tres elementos  que interactúan a lo largo de nuestros caminos hacia la competición y cuya recompensa principal primero, debe venir de uno mismo y si luego llega la victoria, mucho mejor.